En
1825 Alexandr Pushkin, con 25 años de edad, publica la primera parte de su
novela en verso “Evgueni Onieguin”. En este año también sucede la coronación de
Nicolás I y su defensa contra los decembristas. Pushkin da comienzo al período
más rico de la novela rusa. Ronald Hingley toma a esta fecha como el inicio del
gran período de la literatura rusa que culminaría con la muerte de Chejov,
curiosamente un año antes de la Revolución de 1905, acontecimiento de similares
características que el de 1825. Después de Chejov no hubo otro escritor clásico
ruso y tampoco lo hubo antes de Pushkin. Son ochenta años con características
singularísimas. Un período relativamente corto que produjo grandísimas obras.
Es
evidente cierta idealización al ubicar este gran momento entre dos hitos de
enorme tamaño. Hacia el comienzo, el despertar de una literatura nacional en
idioma vernáculo (lo que es equivalente a decir el comienzo de cierta
delineación de identidad nacional); en el otro extremo, el inicio de un cambio
político y social radical que tomaría su forma definitiva en la revolución de
1917.
Es
Vissarion Belinski, el crítico de mayor presencia en la vida literaria rusa de
entonces, quien afirma que “Evgueni Onieguin” es la primera obra nacional rusa
y dicha afirmación encontró amplio consenso en la vida cultural de entonces.
Del mismo modo se la consideraba una “enciclopedia de la vida rusa”, por sus
profundas descripciones de variados estilos de vida de aquel tiempo: se
describe tanto a las ciudades como al campo; a la vida de la aristocracia como
a los campesinos. No escapa la novela a una de los temas principales de
entonces: qué hacer con los siervos y la inclusión de nuevos regímenes de pago
(cambió el yugo de la vieja bárshina/por
un liviano obrók).
Se describen la miseria y el lujo; la ópera, los bailes y las pésimas
condiciones de los medios de transporte y caminos rusos (Ahora nuestros caminos
son malos, / y los puentes se pudren, olvidados).
Pushkin reproduce canciones de campo de entonces, juegos y pone en un lugar
protagónico a la jandrá, equivalente
al spleen inglés.
Se
trata de una novela en verso en la época de mayor auge de la poesía rusa.
Llegaba incluso a llamarse muchas veces “poema” a las novelas. En ese entonces
Pushkin ocupaba el lugar de “el gran poeta ruso” -lugar que sigue ocupando hoy-
y esta denominación en parte se justifica por las circunstancias biográficas
del autor. La Rusia de entonces ponía en una posición muy especial a los
autores, ya que ellos eran a su manera la voz del pueblo, eran quienes podían
hablar de la “verdad” de la vida rusa. Ser escritor requería un compromiso
ético y no solía separarse la vida del autor de su obra. El hecho estético no
solía ubicarse como aislado de los hechos de la vida social, de las circunstancias
políticas, en fin, de los intereses de los distintos integrantes de un pueblo.
La literatura, más allá de la constante censura, era el lugar propicio para que
las ideas latentes se expresaran. Sorprendentemente ella sería la encargada de
incluir a un grupo social que ni siquiera sería capaz, en definitiva, de leer
el contenido de esas obras. Los campesinos, la gran mayoría del pueblo ruso,
eran mayormente analfabetos.
¿Cuáles
son aquellas circunstancias biográficas que tanto implican la vida del autor
con la problemática de entonces? En primer lugar, el hecho de que el autor
conocía la lengua rusa a la perfección y que ella misma fue la protagonista de
sus obras más importantes. De formación francesa, en el Liceo lo apodaban “el
francés” y para escribir a su esposa utilizaba prosa en lengua francesa, sin
embargo, el autor encarna esa tendencia que en Rusia iba a afianzarse a lo
largo del siglo. Pushkin es protagonista de la consolidación de la lengua rusa
como expresión literaria. Por otro lado, él encarna un tipo de transición
artística que va desde el romanticismo influenciado por la literatura europea
de entonces, con obras mayormente escritas en verso, hacia un nuevo modo de
escribir, ya en prosa y con unas características de nacionalidad, como se dijo
recién.
De
la pluma del autor (con sus personajes, principalmente Evgeni) se modela el
estereotipo del integrante de una elite intelectual que más adelante se
llamaría “intelligentsia”. Pushkin
mismo encarnaba ese tipo. Si bien él supo mantenerse un tanto al margen de
actividades políticas opositoras, muchas partes de su producción dejan ver una
postura política poco ingenua. Precisamente, el hecho de la revolución de los
decembristas lo toca de una manera muy cercana, ya que varios de los integrantes
ahorcados en la plaza eran amigos suyos, además de que luego de este hecho se
le haría víctima de la censura, siendo que Nicolás I mismo sería censor
personal de su obra.
En
fin, la vida política de entonces aparece como primordial tanto en la vida del
autor como de su obra. Del mismo modo él vive en carne propia un fenómeno tan
característico de entonces como la censura en la producción literaria.
Como
se dijo anteriormente, Pushkin conocía bien su patria, podría decirse tanto en
cualidad como en cantidad. El autor conocía la diversidad de tipos de vida en
Rusia, pero, además, tuvo un paso errante por su infinita extensión, debido a
movimientos que tuvo que realizar para escapar del yugo de la autoridad, o para
controlar las posesiones familiares. Por formación y por trabajo supo conocer a
las dos ciudades grandes de Rusia, Moscú y San Petersburgo, con sus estilos e
idiosincrasias muchas veces opuestas. Aristócrata con deudas, funcionario,
perseguido, hombre de ciudad y de campo al mismo tiempo, de madre y mujer
dedicadas a las frivolidades de la vida social, todas estas características
parecen representar en algún punto un modo de vida característico de una época.
Hasta el dato mismo de su muerte parece querer plasmar un modo frecuente de
desenlace en la vida de entonces, con el agregado curiosísimo de que en este
caso la vida del autor siguió el ejemplo de la representación previa escrita
por él mismo. La muerte de Lenski en el duelo con Onieguin no es el único duelo
registrado en las novelas del siglo XIX.
La
obra de Pushkin vive la vida rusa que se vivía entonces y el principal
encargado de hacer conocer esto fue el ya mencionado Belinski, quien nunca
llegó a conocer personalmente al poeta. Este evitó un encuentro personal con el
crítico, al que consideraba “un tipo estrafalario que, por alguna razón
extraordinaria, parece adorarme”. Belinski, que durante su corta vida fue muy
sensible a las cuestiones sociales, se sintió herido en lo más profundo por la frialdad
en el trato, sin embargo, esto no modificó su visión sobre el genio de Pushkin.
Los
once ensayos de Belinski posicionaron al autor en un lugar primordial en la
literatura rusa de entonces, que empezaba a tener conciencia de sí misma;
empezaba a formarse una literatura nacional, una cultura, un idioma. Demostró
que esa conciencia llega gracias a Pushkin, dándole un papel secundario a sus
predecesores. Sin las intervenciones de la crítica respetadísima de Belinski,
probablemente, el mote de “creador de la literatura rusa” le hubiera llegado
mucho más tarde, o quizás nunca.
Como
crítico, Belinski manejaba un estilo directo, sin frecuentar tecnicismos,
utilizar comparaciones, hablar de estilos, como si penetrara la obra sin una
idea previa o un bagaje teórico o ideológico sobre el autor. Se lo consideraba
un intrépido buscador de la verdad, o mejor, de las esencias de las entidades
espirituales y humanas. Romántico, apasionado, comentaba sin tapujos su opinión
sobre los escritores. Su crítica sobre el Onieguin es directa, profunda,
analizando a los personajes como si estos estuvieran vivos, como si se los
pudiera ver (¿quién se anima a afirmar, por otro lado, que no lo están o lo
estuvieron?).
Para
él, el Onieguin refleja la personalidad de Pushkin. “Acá está toda su vida,
toda su alma, todo su amor; aquí están sus sentimientos, sus pensamientos, sus
ideales” afirma en el inicio de su artículo octavo. Reconoce la virtud estética
del poema, pero los mejores elogios los dedica a los valores que él mismo exalta:
los sentimientos, los ideales, el amor, como siendo estos representantes de las
esencias humanas. Pareciera querer alcanzar lo innombrable, lo imposible de
atrapar en palabras, con el análisis de las obras literarias como mejores
representantes de eso que no se puede nombrar.
Belinski,
que se diga una vez más, no moderó su energía a la hora de enaltecer la obra:
“Evgeni Onieguin es un poema histórico […], un cuadro de la sociedad rusa”.
“Hasta Pushkin la poesía rusa no había sido más que una alumna de la musa
europea que todo comprendía y asimilaba fácilmente; […] Pero con Pushkin la
poesía pasó de ser un tímido alumno a un experimentado y talentoso maestro”.
Gran
parte de su ensayo lo dedica a dar a entender qué equivocados estaban ciertos
autores al exagerar algunos rasgos nacionales, populares, para poder dar cuenta
de lo esencial de la nación rusa. “Lapti”,
“sermiaga”, “zipún”:
objetos de la vida cotidiana rusa que son nombrados por Belinski en su ensayo
para dejar en claro la exaltación de dichos autores por determinar un folclore
propiamente ruso. Las referencias en tales obras eran excesivas y dejaban de
lado la superficie rusa educada.
La
poesía rusa debía buscar sus fundamentos en las clases más instruidas, en
contraste con las opiniones de entonces, que consideraban que algo ruso que no
sea de clases bajas no era propiamente ruso. Porque para Belinski el verdadero
poeta debía dar con la esencia del pueblo ruso, lo mismo dé si se representan
las clases bajas, media o alta. Pero por otro lado tampoco había que insistir
en adoptar o seguir ejemplos de a las naciones europeas, porque Rusia en sí
poseía un carácter singular que, incluso, adoptaba características de países
europeos sin por eso corromper lo nacional hacia una mera imitación. Solía pensarse
al verdadero ruso como pobre, en tanto que alguien de clase alta sería tomado
como europeo. Remata: “no comprenden que el secreto de la nacionalidad de cada
pueblo no consiste en la ropa y en la comida, sino en su, digámoslo así, manera
de comprender las cosas”.
Gran
parte de la crítica de la novela está orientada hacia un análisis de los
personajes. Esto no debe sorprender a nadie, ya que en este clásico ellos parecen
mostrar vida verdadera, no sólo son representantes de la vida rusa de entonces,
son además personas. Esta característica probablemente sea más fácil de
comprender para un ruso de 1820 que para un contemporáneo posmoderno; es bien
conocido el fervor que despertó la novela en el pueblo, tanto es así que se
reprobaba la actitud moral de Onieguin como si se tratara de alguien vivo.
Quizás hoy veamos que estos personajes tienen verdadera existencia gracias a lo
efectivo que fue el autor al retratar la vida rusa y no por simple contacto de
cotidianeidad. Sin duda, la capacidad de la obra de mostrarse como un “fresco”
de la vida rusa es uno de los puntos más valiosos de la obra.
Justamente
una de las primeras cosas que se propone Belinski es la de correr esa idea de
sujeto inmoral que se le dio a Evgueni. Para él, el personaje no es malo ni
bueno y la virtud de Pushkin fue la de haber creado a “gente”, no a esos
“monstruos” o “héroes virtuosos” a los que las producciones rusas estaban
acostumbradas.
¿Y
a qué “gente” representaba Evgueni? A una clase social (a un tipo social) que
nacía entonces, las capas de la nobleza que no eran las clásicas esferas más
altas, sino una especie de “clase media noble”. Se la puede denominar así por
su fuerza, por su pujanza, al menos en lo referido a sus capacidades de
explorar diversos mundos y al contacto amplio que tenían con distintos estratos
y situaciones sociales. Es decir, este tipo de noble no estaba simplemente
aislado, sino que viajaba, leía, investigaba, aprendía lenguas, aprendía sobre
las artes, en fin, eran sujetos en un punto muy activos y educados y capaces de
cuestionar (aunque sea de un modo incipiente) situaciones políticas y sociales,
entrar en polémicas.
Aparece
entonces una nueva literatura, más viva y social que antes, menos inocente, más
comprometida, más consciente de sí misma, que crecía de un modo excepcional y
que producía por primera vez un efecto cercano a algo verdaderamente colectivo.
Es decir, el Onieguin fue leído por la mayoría de quienes tenían la capacidad
de hacerlo y esto no tenía mayor precedente entonces. El progreso se expresó en
Rusia de una manera singularísima, poco comparable con los países de Occidente.
Onieguin
y Tatiana viven en ese momento de progreso, del que por ahora formaba parte una
selecta minoría que conquistaba espacios a ritmo paroxístico y que vertía algo
de lo que les sobraba a otros estratos, pero ese desarrollo es ya un desarrollo
posterior. “Onieguin y Tatiana”, son dos los personajes principales en esta
novela, Belinski lo afirma y parece ser un gran acierto esto, contrastando con
la idea que podría dejar el título. Quizás el autor no tuvo más remedio que
situar a un caballero como protagonista, quizás no percibió que Tatiana
inundaba a la obra con su encanto, como suele suceder en las más logradas
creaciones, quizás Tatiana se le fue de las manos espontáneamente y creó lo que
ahora conocemos: un personaje único, sin dudas el más querible de la novela,
completo, íntegro. Belinski la llama “un ser excepcional”, “una naturaleza
profunda”, la ubica por fuera de las meras idealizaciones de personajes
novelescos, porque es sencilla y natural, a la vez que logra ser apasionada y
entregada a las fantasías. “La combinación de la sencillez con la verdad
conforma la más elevada belleza y el sentimiento, las acciones y las
expresiones…”, refiere Belinski sobre la carta de Tatiana.
Es
notable el pasaje de Tatiana de “mujer sencilla de campo” a “mujer de mundo y
de ciudad”. La heroína no expresa superación, la obra no transmite en ningún
momento algo parecido a cierto recelo de Tatiana con respecto a su pasado y
tampoco hacia Onieguin. Su sentir es el de cierta melancolía por aquél tiempo
lejano, pero sobre todo por los deseos perdidos, ya que de eso mismo trata la
novela, del paso del tiempo y de cómo se deben resignar los deseos de la
juventud, que irremediablemente se presentan siempre pasionales, febriles. Esto
se siente fuertemente en la presencia del narrador que cuenta la vida de
Onieguin. ¿No es sorprendente cómo la obra deja la noción de infinitud en las
representaciones? ¿No es claro que se trata de la vida de Onieguin narrada por
el narrador, que inconfundiblemente termina representándosenos como Pushkin y
que este también se nos vuelve inevitablemente el mismo Onieguin? Pareciera
como que todos los intentos por hacer parecer la voz propia la voz de otro
cayeran irremediablemente en lo autobiográfico. La cantidad enorme de notas al
pie con referencias personales del autor y las diferentes formas meta-narrativas
que adquiere la obra, como las supresiones, dejan registro del imponente estilo
autobiográfico de la novela.
Entonces,
en Tatiana los reproches de la parte final de la novela aparecen con un tono de
ternura incuestionables. Ella no quiere de modo rencoroso mostrarle las razones
de por qué todo terminó saliendo mal a Onieguin. Ella busca en las
explicaciones un motivo verdadero para terminar con la angustia compartida por
los dos por lo que pudo haber sido y no fue. Ya se encuentra en otra posición,
le debe fidelidad a otro hombre y prefiere aceptar esto. Tatiana representa
además la valentía en aceptar las cosas que no se pueden cambiar, la firmeza y
honestidad personal para aceptar que por más que se quisiera volver atrás (en
este caso intentar un nuevo amorío con Onieguin) no se podría. No hay falsedad
disfrazada de ilusión y fantasías, Tatiana acepta valientemente, mucho más
valientemente de lo que Onieguin puede.
En
este sentido Belinski reconoce en la explicación de Tatiana la esencia de la
mujer rusa. “Todo: la pasión ardiente, la sencilla intimidad, el sentimiento
sincero, la pureza, la santidad de los movimientos inocentes de una naturaleza
noble, la inclinación a la filosofía, el amor propio ofendido, la vanidad por
la virtud, bajo la cual se enmascara el temor servil a la opinión de la
sociedad y los agudos silogismos de la inteligencia, la moral mundana que
paraliza los generosos impulsos del corazón…” Comenta que los reproches de Tatiana
tienen que ver con que según ella era más lógico que la amara antes y no ahora,
porque antes ella era más joven y mejor. Ahora ella se mostraba como una mujer
de mundo y la aldeana de antes no tenía para Onieguin “los encantos de la
seducción”. “¡Cómo se ve en esta mirada sobre las cosas a la mujer rusa!”,
exclama Belinski.
Parece
una insistencia exagerada la del crítico por remarcar el carácter ruso de
Tatiana, pero a esto debe imponerse el saber entender la distancia que media
entre la creación de la obra y hoy. Hoy se trata de un clásico universal y
cuesta ver a Tatiana como un “embrión moral”. Las naciones entonces debían
definirse, hoy es conocido por todos el carácter indefinido que ellas tienen.
También
comenta que el rechazo de Tatiana tiene que ver con cierto remanente de las
“malas novelas sentimentales” y que ella “fue entregada” a otro hombre y no fue
ella la protagonista de la decisión.
Dostoievski,
sin embargo, es más claro al elogiar a Tatiana. “ella es una persona firme,
firmemente asentada en su suelo. Es más profunda que Onieguin y, desde luego,
más inteligente”. “Es posible que Pushkin hubiera hecho mejor en ponerle a su
poema el nombre de Tatiana y no el de Onieguin, ya que ella es sin discusión la
protagonista principal. Tatiana es un tipo positivo, no negativo, un tipo de
belleza positiva, una apoteosis de la mujer rusa, y es elegida por el poeta
para expresar la idea de la obra en la conocida escena del último encuentro con
Onieguin”. Le contesta secamente a Belinski: “Si hay un embrión moral en el
poema ese es, por supuesto, él mismo, Onieguin, y en esto no hay discusión”.
Parece
más “actual” la visión de Dostoievski, más esencial, tanto que sobreviviría al
paso del tiempo: “Tatiana pasó por su vida y por delante de él sin que la
reconozca ni valore; en esto consiste la tragedia de la novela”.
Onieguin
es, para Dostoievski, un ser ingenuo, caprichoso. “Onieguin ama a su fantasía,
y él mismo es una fantasía… es una hoja que se lleva el viento”. Ama la
fantasía del reencuentro con Tatiana, aquella aldeana, ahora mujer de ciudad, a
la que anteriormente se había negado en su pueblo, por cuestiones de una
frívola racionalidad.
Belinski,
como se dijo anteriormente, rescató lo crudamente humano de la representación
que Pushkin le dio a Onieguin, y lo mismo sucedía con la voz del narrador: los parientes son así: estamos obligados a
mimarlos, y quererlos,
cuando relata el encuentro de Onieguin con su tío en el lecho de muerte. En su alma, quien vivió y pensó no puede a
la gente dejar de despreciar,
y Pushkin mismo, en esta suerte de extrapolación entre
autor-narrador-personaje fue víctima de acusaciones de inmoralidad.
Se
conoce el rechazo del público hacia el protagonista, se lo acusó de hombre
frío, seco y egoísta. A esto, Belinski contesta resaltando una característica
fundamental de la novela. Dice que los sentimientos de Onieguin no dejaron de
existir, sino que se enfriaron por la vida mundana y el paso del tiempo. “En su
alma vivía la poesía”; “era más lo que sentía que lo que hablaba, y no se abría
a todos”; “Él no sirve como genio, no se trepa a la gente importante, pero la
apatía y la vulgaridad de la vida lo sofocan; incluso no sabe qué necesita, qué
quiere; pero sabe, y lo sabe bien, qué es lo que no necesita”. Evgueni es
alguien a quien el paso del tiempo le mostró su cara más hostil, alguien
ahogado en la jandrá de la vida.
Tampoco el público entendió la negativa al amor de Tatiana. Belinski explica el
error de este “egoísta que sufre” -así define a este singular héroe- y comenta
que ese error, propio de lo irracional del amor, lo pagaría Onieguin hacia el
final de su vida: “Onieguin no estaba predestinado a morir sin probar la copa
de la vida”. A los interminables bostezos diarios de Evgueni se le iba a
interponer cierta pasión tardía por pretender algo que ya no está a su alcance.
Como
se ha visto, la idea más perseverante en la crítica de Belinski es la capacidad
de la novela de representar a la vida rusa. “Al Onieguin se lo puede llamar una
enciclopedia de la vida rusa y en sumo grado una obra popular”. Si alguien
personificó desde la crítica literaria una oposición a la visión de Belinski,
ese fue Písarev.
Dmitri
Ivánovich Písarev concebía a la crítica literaria y al arte en general con el
modo de quien necesita cumplir un fin preciso, estricto. El arte debía servir a
alguien, tenía que brindar algo a la sociedad, algo que sirva para ser
implementado. A esa tendencia hacia la utilidad, la llamó “realismo”. Es
sorprendente ver la insistencia en término “útil” en sus críticas. Lo que no
está de ese lado es “basura”, “habladurías”, “canalladas”, son “filisteos”.
Había que solucionar la cuestión de “la gente hambrienta y desnuda”, ese era el
fin último y el arte, como el resto de las cosas, debían alinearse hacia ahí.
¿Qué lugar podía ocupar hacia estos fines un Evgueni Onieguin? Sin duda no
personificaría lo “útil”.
La
crítica realista tenía como deber procesar las obras literarias y sacar lo
“bueno” de ellas, poniendo su atención al contenido y no a la forma. Lo importante
era la “idea”, o sea, lo que se transmitiría a alguien para hacerlo mejor,
dentro de un contexto siempre social, por supuesto. El lenguaje importaría sólo
en tanto modo de transmitir pensamientos. En este contexto entonces, la novela
siempre sería mejor medio que el poema.
La
vida de Písarev fue breve, pasando cuatro de sus veintisiete años en la Fortaleza
de San Pedro y San Pablo. Su escritura se muestra furiosa, rápida, no deja
lugar a medias tintas. Es por esto que al día de hoy son notorias tanto sus
idealizaciones como sus degradaciones. El arte, el escritor, la poesía, el
viejo lector perspicaz y el nuevo buen lector, lo que conviene, lo que no, todo
debía estar rotundamente definido.
Chernishevski
y su “¿Qué hacer?” serían para él una obra enorme, la primera leída por la
gente que verdaderamente importaba para él, “El proletariado pensante”. Ahí
quedaban definidos los hombres nuevos, los raznochintsi,
los “egoístas razonables”.
Una definición que no puede leerse sin pensar en una evidente idealización. La
crítica de Písarev de “¿Qué hacer?” tiene más bien carácter de manifiesto. Cabe
recordar su idea de que la tarea de un crítico sería la de, más o menos,
traducir la obra artística para que pueda ser comprendida por quienes no poseen
las herramientas necesarias para llegar a la obra por sí mismos.
Mientras
tanto a Alexandr Pushkin lo ubicaría en una segunda línea de creadores. “Dicen,
por ejemplo, que Pushkin es un gran poeta, y todo el mundo se lo cree. Pero en
realidad resulta que Pushkin es simplemente un gran estilista y nada más […] La
literatura moderna fue fundada por Gógol, no por Pushkin”.
La
crítica de Písarev a “Evgueni Onieguin” es en verdad una crítica a la crítica
de Belinski. Revisa lo que él llamó “arrebatos de entusiasmo de nuestro genial
crítico”. Como primera medida comenta que está equivocada la mirada benévola
del crítico hacia el personaje de Evgueni y lo acusa de haber caído en la
“elasticidad” de las palabras de la obra. No podía ser de otro modo, Písarev
necesariamente tiene que condenar todo engalanamiento de la forma, porque
siempre hace hincapié en el contenido. ¿Cuál es el contenido que el joven
realista ve? Que Onieguin posee un “espíritu cáustico y enfriado”, que es “sólo
un hábil seductor de coquetas incorregibles”, un personaje rodeado de objetos
innecesarios, que se aburre y ese aburrimiento es una “consecuencia fisiológica
de una vida muy disoluta”. Continúa con las hipótesis que, al uso de los
hombres nuevos, deben tener una explicación desde las ciencias duras: “El
organismo más resistente se quebranta […] cuando goza de forma demasiado lujosa
de toda clase de dones de la naturaleza”; “Si las dosis de placer se suceden
rápidamente una tras otra y si estas tomas son muy fuertes, nuestra capacidad
de gozar se embota por completo y decimos que nos hastía o repugna una u otra
ocupación agradable”.
Onieguin
no trabaja y no estudia y esto no podía caerle muy bien a un raznochintsi. “Onieguin es un hombre
irremediablemente fútil y una total nulidad”. No sabe leer según Písarev,
porque no tiene método, lee “sin objetivo, sin sistema, sin idea directriz”. Se
aburre porque no trabaja y no trabaja porque otros lo hacen por él, por tener
dinero, no por ser alguien especial, alguien de naturaleza superior. “Quítenle
al fausto ruso su cartera, y se volverá al instante más manso que un cordero,
más tranquilo que un arroyo, más modesto que una señorita. Junto con los
ataques de la naturaleza demoníaca desaparecerá también el fatídico
aburrimiento. Fausto se meterá a peón de obrero y se perderá entre la gris
multitud que pisoteó audazmente con sus trotones en los tiempos de su gobierno
sobre el Mefistófeles de bolsillo.”
Como
una muestra más del sentido utilitarista que una obra debería poseer para Písarev,
él comenta sobre el personaje de Lenski y la relación que este tiene con
Evgueni, que Pushkin sólo menciona una afición de Lenski hacia Kant, por
ejemplo; pero que el autor no nos deja una reflexión precisa sobre los
constructos filosóficos de Kant. Asimismo, advierte que en los versos de la
obra se menciona gran cantidad de charlas filosóficas entre los dos personajes,
pero en ningún momento se explicita alguna discusión, por lo tanto, en ese
sentido la obra no deja ningún tipo de “saber” del cual el público podría sacar
provecho. Sin reflexiones, sin ideas explícitas y claras, sin “disputas serias”
la obra pierde más de lo que gana, según la óptica realista.
En
el texto de Písarev sobrevuela la dualidad de dos generaciones, que
necesariamente él debe mostrar como francamente opuestas, “los ardientes
idealistas de los años veinte y los fríos realistas de hoy en día”. Bazárov,
personaje de Turgueniev en “Padres e Hijos”, fiel representante de la nueva
generación, había sido acusado de cinismo por los lectores por elogiar los
hombros de una mujer; a Písarev, entonces, le parece mejor representante de
algún cinismo el idealista Lenski, que no sólo habla de los hombros de su
novia, sino que además lo hace de su pecho.
Písarev
no encuentra ninguna cualidad positiva en Lenski, al que ubica dentro de los
románticos, los artistas “que dejan sin atención las desgracias y las
necesidades de la realidad contemporánea”.
Vano
orgullo personal, noción del deber de caballero de clase, estupidez y prejuicio
son los posibles motivos que analiza Písarev para el actuar de Onieguin al
matar a su amigo en duelo. Es otra de las operaciones de Pushkin, según Písarev,
el convertir ese acto en un martirio futuro del personaje, como situándolo en
un sufrimiento por ser alguien especial, por encima del resto de la gente.
El autor explícitamente se sitúa en “las filas de la obtusa chusma” hacia
el final de su crítica y así se hace cada vez más manifiesta su posición:
Pushkin nunca conoció el sufrimiento y el hambre del ser humano, Belinski fue
un enaltecedor de una obra que no representa al pueblo ruso y Evgueni Onieguin
no será jamás modelo ni representante de los nuevos intelectuales, porque es
simplemente alguien que se aburre, representante del status quo, que mira de arriba al pueblo.
Los
modelos a seguir lo ocupan claramente los Béltov, los Rudin, los Chatski y los
nuevos Bazárov, Lopujov y Rájmetov, “con el tipo oneguiano no nos une nada”.
“Béltov, junto con Chatski y Rudin representa el despertar doloroso de la
autoconciencia rusa. Son hombres del pensamiento y del amor ardiente. También
se aburren, pero no a causa de la indolencia mental, sino porque las cuestiones
que están hace tiempo resueltas en su mente, no pueden todavía ser planteadas
en la vida real.”
Písarev
responde a la afirmación de Belinski sobre el Onieguin que “si Evqueni Oneguin
es la enciclopedia de la vida rusa, quiere decir que la enciclopedia y la vida
rusa no se parecen en absoluto, porque la enciclopedia está por su cuenta, y la
vida rusa por la suya”.
Para
el joven Písarev los ensayos de Belinski sobre Pushkin fueron en algún punto
útiles para el desarrollo intelectual de la sociedad, pero a través de estas
obras, mucha gente empezó a querer a Pushkin y a su Onieguin, no con un sentido
legítimo -según el crítico-, sino a través de las observaciones de Belinki, que
“amaba al Pushkin que él mismo se había creado”.
Una
obra de la magnitud de Evgueni Onieguin no puede escapar a ciertas lecturas
polémicas. Siempre las hay en obras con carácter nacional, porque la mirada que
se hace posteriormente no suele llevar el mismo ritmo, el tiempo y la visión
original. Más que adelantadas a su tiempo, las obras con una impronta original
como la del Onieguin, demuestran un ojo de extrema precisión y sensibilidad
para el momento en que se escriben. Este tipo de obras devela algo que de
alguna manera todos sabían y que se vuelve casi obvio una vez demostrado.
Evgueni
Onieguin es obra nacional, pero mucho más importante es el carácter universal que
ella tiene. El amor, el paso del tiempo, la atenuación de las pasiones, el
idealismo, el tedio, el vicio, el rencor, el perdón, son los temas que la
recorren y lo hacen de un modo único, con una estética singular, donde
Onieguin, Pushkin y el lector parecen ser uno solo.