viernes, 23 de diciembre de 2016

Penny Dreadful





Penny Dreadfull usa a la literatura del mejor modo. Este quizás sea el rasgo característico de la serie. Quizás haya que ir más lejos y afirmar que Penny Dreadfull no sólo usa a la literatura como modo de inspiración, sino que Penny Dreadfull es literatura en sí misma.

El nombre de la serie es el mismo de las historias supuestamente baratas de Londres de finales del siglo XIX: centavo terrible, centavo sangriento, centavo horroroso, se las llamaba de diversas formas a esas publicaciones.

El contexto romántico es revivido en todo momento: versos, citas, nombres propios. Los personajes son personajes ficcionales, pero en un estado de potenciación y de recreación. Es decir, los personajes son dos veces ficción y encima les son atribuidos rasgos novedosos, historias nuevas, recreaciones al mejor estilo Frankenstein, en donde todas las piezas se vuelven armónicas y los errores cobran vida propia.

Los rasgos estéticos deslumbran y no podía ser de otra manera, porque este se ha vuelto hoy por hoy un requisito básico para la captación de la atención del ojo. Una Londres a la altura, oscura, que todavía no superó ni la incógnita sobre Jack ni, aparentemente, el rigor mórbido de sus asesinatos, es el mejor de los contextos reales y a la vez ficcionales, en tanto que esa distinción ya no importa mucho.

A propósito del ojo, él no sólo ve, sino que siente y expresa y Vannesa Ives nos va a transmitir eso cada vez que la veamos: el tiempo detenido, mundos diversos que colapsan en un solo espacio, varias voces que hablan desde una sola boca, en fin, multiplicidad de modos del horror que se van a compartir en intimidad con la protagonista.

Los personajes extraídos de novelas son infinitos y hay que cuidarse de la tentación de nombrarlos uno por uno. El que pueda ver, va a ver sin necesidad ni de introducciones, ni de aclaraciones. El hecho es que creaciones como esta merecen ser mencionadas como acto de reinvención, o mejor, de recreación y tienen que ser dichas más allá, mucho más allá, de debates como el de la autonomía de la literatura, la postmodernidad y de si una literatura es baja, alta, pop o clásica.

Prefiero quedarme con lo que el ojo puede ver y sentir y ciertamente cuesta tanto dejar de ver la serie como callar y no decir nada sobre ella. La serie es literatura y lo que los personajes dicen y hacen es poesía en estado puro. La gota de sangre que rebalsó la taza e hizo que esta se estrelle contra la madera y que yo escriba estas pocas líneas fue un diálogo del capítulo 6 (“Lo que la muerte puede unir”) de la primera temporada:

Están Vanessa Ives y Dorian Gray en el salón principal de su mansión, repleto de retratos. Ya se habían conocido y tentado. Cenaron juntos antes y recién él le muestra los retratos al momento que pone música. Dorian se acerca a la nuca de Vanessa y le susurra en el oído esta pregunta:“¿Puedo besarle el cuello?” y Vanessa contesta “No pida permiso, si quiere algo, hágalo por ser su deseo, no mi concesión, debe arriesgarse al rechazo”


Un rato antes Vanessa le había advertido que dentro de nosotros siempre hay algo que debe controlarse, porque si abandonamos ese control, dejamos de ser y otro se apodera de lo que hacemos. 

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