miércoles, 11 de mayo de 2016

Evgueni Onieguin: una revisión entre críticas



En 1825 Alexandr Pushkin, con 25 años de edad, publica la primera parte de su novela en verso “Evgueni Onieguin”. En este año también sucede la coronación de Nicolás I y su defensa contra los decembristas. Pushkin da comienzo al período más rico de la novela rusa. Ronald Hingley toma a esta fecha como el inicio del gran período de la literatura rusa que culminaría con la muerte de Chejov, curiosamente un año antes de la Revolución de 1905, acontecimiento de similares características que el de 1825. Después de Chejov no hubo otro escritor clásico ruso y tampoco lo hubo antes de Pushkin. Son ochenta años con características singularísimas. Un período relativamente corto que produjo grandísimas obras.

Es evidente cierta idealización al ubicar este gran momento entre dos hitos de enorme tamaño. Hacia el comienzo, el despertar de una literatura nacional en idioma vernáculo (lo que es equivalente a decir el comienzo de cierta delineación de identidad nacional); en el otro extremo, el inicio de un cambio político y social radical que tomaría su forma definitiva en la revolución de 1917.

Es Vissarion Belinski, el crítico de mayor presencia en la vida literaria rusa de entonces, quien afirma que “Evgueni Onieguin” es la primera obra nacional rusa y dicha afirmación encontró amplio consenso en la vida cultural de entonces. Del mismo modo se la consideraba una “enciclopedia de la vida rusa”, por sus profundas descripciones de variados estilos de vida de aquel tiempo: se describe tanto a las ciudades como al campo; a la vida de la aristocracia como a los campesinos. No escapa la novela a una de los temas principales de entonces: qué hacer con los siervos y la inclusión de nuevos regímenes de pago (cambió el yugo de la vieja bárshina/por un liviano obrók)[1]. Se describen la miseria y el lujo; la ópera, los bailes y las pésimas condiciones de los medios de transporte y caminos rusos (Ahora nuestros caminos son malos, / y los puentes se pudren, olvidados)[2]. Pushkin reproduce canciones de campo de entonces, juegos y pone en un lugar protagónico a la jandrá, equivalente al spleen inglés.

Se trata de una novela en verso en la época de mayor auge de la poesía rusa. Llegaba incluso a llamarse muchas veces “poema” a las novelas. En ese entonces Pushkin ocupaba el lugar de “el gran poeta ruso” -lugar que sigue ocupando hoy- y esta denominación en parte se justifica por las circunstancias biográficas del autor. La Rusia de entonces ponía en una posición muy especial a los autores, ya que ellos eran a su manera la voz del pueblo, eran quienes podían hablar de la “verdad” de la vida rusa. Ser escritor requería un compromiso ético y no solía separarse la vida del autor de su obra. El hecho estético no solía ubicarse como aislado de los hechos de la vida social, de las circunstancias políticas, en fin, de los intereses de los distintos integrantes de un pueblo. La literatura, más allá de la constante censura, era el lugar propicio para que las ideas latentes se expresaran. Sorprendentemente ella sería la encargada de incluir a un grupo social que ni siquiera sería capaz, en definitiva, de leer el contenido de esas obras. Los campesinos, la gran mayoría del pueblo ruso, eran mayormente analfabetos.

¿Cuáles son aquellas circunstancias biográficas que tanto implican la vida del autor con la problemática de entonces? En primer lugar, el hecho de que el autor conocía la lengua rusa a la perfección y que ella misma fue la protagonista de sus obras más importantes. De formación francesa, en el Liceo lo apodaban “el francés” y para escribir a su esposa utilizaba prosa en lengua francesa, sin embargo, el autor encarna esa tendencia que en Rusia iba a afianzarse a lo largo del siglo. Pushkin es protagonista de la consolidación de la lengua rusa como expresión literaria. Por otro lado, él encarna un tipo de transición artística que va desde el romanticismo influenciado por la literatura europea de entonces, con obras mayormente escritas en verso, hacia un nuevo modo de escribir, ya en prosa y con unas características de nacionalidad, como se dijo recién.

De la pluma del autor (con sus personajes, principalmente Evgeni) se modela el estereotipo del integrante de una elite intelectual que más adelante se llamaría “intelligentsia”. Pushkin mismo encarnaba ese tipo. Si bien él supo mantenerse un tanto al margen de actividades políticas opositoras, muchas partes de su producción dejan ver una postura política poco ingenua. Precisamente, el hecho de la revolución de los decembristas lo toca de una manera muy cercana, ya que varios de los integrantes ahorcados en la plaza eran amigos suyos, además de que luego de este hecho se le haría víctima de la censura, siendo que Nicolás I mismo sería censor personal de su obra.

En fin, la vida política de entonces aparece como primordial tanto en la vida del autor como de su obra. Del mismo modo él vive en carne propia un fenómeno tan característico de entonces como la censura en la producción literaria.

Como se dijo anteriormente, Pushkin conocía bien su patria, podría decirse tanto en cualidad como en cantidad. El autor conocía la diversidad de tipos de vida en Rusia, pero, además, tuvo un paso errante por su infinita extensión, debido a movimientos que tuvo que realizar para escapar del yugo de la autoridad, o para controlar las posesiones familiares. Por formación y por trabajo supo conocer a las dos ciudades grandes de Rusia, Moscú y San Petersburgo, con sus estilos e idiosincrasias muchas veces opuestas. Aristócrata con deudas, funcionario, perseguido, hombre de ciudad y de campo al mismo tiempo, de madre y mujer dedicadas a las frivolidades de la vida social, todas estas características parecen representar en algún punto un modo de vida característico de una época. Hasta el dato mismo de su muerte parece querer plasmar un modo frecuente de desenlace en la vida de entonces, con el agregado curiosísimo de que en este caso la vida del autor siguió el ejemplo de la representación previa escrita por él mismo. La muerte de Lenski en el duelo con Onieguin no es el único duelo registrado en las novelas del siglo XIX.

La obra de Pushkin vive la vida rusa que se vivía entonces y el principal encargado de hacer conocer esto fue el ya mencionado Belinski, quien nunca llegó a conocer personalmente al poeta. Este evitó un encuentro personal con el crítico, al que consideraba “un tipo estrafalario que, por alguna razón extraordinaria, parece adorarme”. Belinski, que durante su corta vida fue muy sensible a las cuestiones sociales, se sintió herido en lo más profundo por la frialdad en el trato, sin embargo, esto no modificó su visión sobre el genio de Pushkin.

Los once ensayos de Belinski posicionaron al autor en un lugar primordial en la literatura rusa de entonces, que empezaba a tener conciencia de sí misma; empezaba a formarse una literatura nacional, una cultura, un idioma. Demostró que esa conciencia llega gracias a Pushkin, dándole un papel secundario a sus predecesores. Sin las intervenciones de la crítica respetadísima de Belinski, probablemente, el mote de “creador de la literatura rusa” le hubiera llegado mucho más tarde, o quizás nunca.

Como crítico, Belinski manejaba un estilo directo, sin frecuentar tecnicismos, utilizar comparaciones, hablar de estilos, como si penetrara la obra sin una idea previa o un bagaje teórico o ideológico sobre el autor. Se lo consideraba un intrépido buscador de la verdad, o mejor, de las esencias de las entidades espirituales y humanas. Romántico, apasionado, comentaba sin tapujos su opinión sobre los escritores. Su crítica sobre el Onieguin es directa, profunda, analizando a los personajes como si estos estuvieran vivos, como si se los pudiera ver (¿quién se anima a afirmar, por otro lado, que no lo están o lo estuvieron?).

Para él, el Onieguin refleja la personalidad de Pushkin. “Acá está toda su vida, toda su alma, todo su amor; aquí están sus sentimientos, sus pensamientos, sus ideales” afirma en el inicio de su artículo octavo. Reconoce la virtud estética del poema, pero los mejores elogios los dedica a los valores que él mismo exalta: los sentimientos, los ideales, el amor, como siendo estos representantes de las esencias humanas. Pareciera querer alcanzar lo innombrable, lo imposible de atrapar en palabras, con el análisis de las obras literarias como mejores representantes de eso que no se puede nombrar.

Belinski, que se diga una vez más, no moderó su energía a la hora de enaltecer la obra: “Evgeni Onieguin es un poema histórico […], un cuadro de la sociedad rusa”. “Hasta Pushkin la poesía rusa no había sido más que una alumna de la musa europea que todo comprendía y asimilaba fácilmente; […] Pero con Pushkin la poesía pasó de ser un tímido alumno a un experimentado y talentoso maestro”.

Gran parte de su ensayo lo dedica a dar a entender qué equivocados estaban ciertos autores al exagerar algunos rasgos nacionales, populares, para poder dar cuenta de lo esencial de la nación rusa. “Lapti”, “sermiaga”, “zipún[3]: objetos de la vida cotidiana rusa que son nombrados por Belinski en su ensayo para dejar en claro la exaltación de dichos autores por determinar un folclore propiamente ruso. Las referencias en tales obras eran excesivas y dejaban de lado la superficie rusa educada.

La poesía rusa debía buscar sus fundamentos en las clases más instruidas, en contraste con las opiniones de entonces, que consideraban que algo ruso que no sea de clases bajas no era propiamente ruso. Porque para Belinski el verdadero poeta debía dar con la esencia del pueblo ruso, lo mismo dé si se representan las clases bajas, media o alta. Pero por otro lado tampoco había que insistir en adoptar o seguir ejemplos de a las naciones europeas, porque Rusia en sí poseía un carácter singular que, incluso, adoptaba características de países europeos sin por eso corromper lo nacional hacia una mera imitación. Solía pensarse al verdadero ruso como pobre, en tanto que alguien de clase alta sería tomado como europeo. Remata: “no comprenden que el secreto de la nacionalidad de cada pueblo no consiste en la ropa y en la comida, sino en su, digámoslo así, manera de comprender las cosas”.

Gran parte de la crítica de la novela está orientada hacia un análisis de los personajes. Esto no debe sorprender a nadie, ya que en este clásico ellos parecen mostrar vida verdadera, no sólo son representantes de la vida rusa de entonces, son además personas. Esta característica probablemente sea más fácil de comprender para un ruso de 1820 que para un contemporáneo posmoderno; es bien conocido el fervor que despertó la novela en el pueblo, tanto es así que se reprobaba la actitud moral de Onieguin como si se tratara de alguien vivo. Quizás hoy veamos que estos personajes tienen verdadera existencia gracias a lo efectivo que fue el autor al retratar la vida rusa y no por simple contacto de cotidianeidad. Sin duda, la capacidad de la obra de mostrarse como un “fresco” de la vida rusa es uno de los puntos más valiosos de la obra.[4] 

Justamente una de las primeras cosas que se propone Belinski es la de correr esa idea de sujeto inmoral que se le dio a Evgueni. Para él, el personaje no es malo ni bueno y la virtud de Pushkin fue la de haber creado a “gente”, no a esos “monstruos” o “héroes virtuosos” a los que las producciones rusas estaban acostumbradas.

¿Y a qué “gente” representaba Evgueni? A una clase social (a un tipo social) que nacía entonces, las capas de la nobleza que no eran las clásicas esferas más altas, sino una especie de “clase media noble”. Se la puede denominar así por su fuerza, por su pujanza, al menos en lo referido a sus capacidades de explorar diversos mundos y al contacto amplio que tenían con distintos estratos y situaciones sociales. Es decir, este tipo de noble no estaba simplemente aislado, sino que viajaba, leía, investigaba, aprendía lenguas, aprendía sobre las artes, en fin, eran sujetos en un punto muy activos y educados y capaces de cuestionar (aunque sea de un modo incipiente) situaciones políticas y sociales, entrar en polémicas.

Aparece entonces una nueva literatura, más viva y social que antes, menos inocente, más comprometida, más consciente de sí misma, que crecía de un modo excepcional y que producía por primera vez un efecto cercano a algo verdaderamente colectivo. Es decir, el Onieguin fue leído por la mayoría de quienes tenían la capacidad de hacerlo y esto no tenía mayor precedente entonces. El progreso se expresó en Rusia de una manera singularísima, poco comparable con los países de Occidente.

Onieguin y Tatiana viven en ese momento de progreso, del que por ahora formaba parte una selecta minoría que conquistaba espacios a ritmo paroxístico y que vertía algo de lo que les sobraba a otros estratos, pero ese desarrollo es ya un desarrollo posterior. “Onieguin y Tatiana”, son dos los personajes principales en esta novela, Belinski lo afirma y parece ser un gran acierto esto, contrastando con la idea que podría dejar el título. Quizás el autor no tuvo más remedio que situar a un caballero como protagonista, quizás no percibió que Tatiana inundaba a la obra con su encanto, como suele suceder en las más logradas creaciones, quizás Tatiana se le fue de las manos espontáneamente y creó lo que ahora conocemos: un personaje único, sin dudas el más querible de la novela, completo, íntegro. Belinski la llama “un ser excepcional”, “una naturaleza profunda”, la ubica por fuera de las meras idealizaciones de personajes novelescos, porque es sencilla y natural, a la vez que logra ser apasionada y entregada a las fantasías. “La combinación de la sencillez con la verdad conforma la más elevada belleza y el sentimiento, las acciones y las expresiones…”, refiere Belinski sobre la carta de Tatiana.

Es notable el pasaje de Tatiana de “mujer sencilla de campo” a “mujer de mundo y de ciudad”. La heroína no expresa superación, la obra no transmite en ningún momento algo parecido a cierto recelo de Tatiana con respecto a su pasado y tampoco hacia Onieguin. Su sentir es el de cierta melancolía por aquél tiempo lejano, pero sobre todo por los deseos perdidos, ya que de eso mismo trata la novela, del paso del tiempo y de cómo se deben resignar los deseos de la juventud, que irremediablemente se presentan siempre pasionales, febriles. Esto se siente fuertemente en la presencia del narrador que cuenta la vida de Onieguin. ¿No es sorprendente cómo la obra deja la noción de infinitud en las representaciones? ¿No es claro que se trata de la vida de Onieguin narrada por el narrador, que inconfundiblemente termina representándosenos como Pushkin y que este también se nos vuelve inevitablemente el mismo Onieguin? Pareciera como que todos los intentos por hacer parecer la voz propia la voz de otro cayeran irremediablemente en lo autobiográfico. La cantidad enorme de notas al pie con referencias personales del autor y las diferentes formas meta-narrativas que adquiere la obra, como las supresiones, dejan registro del imponente estilo autobiográfico de la novela.

Entonces, en Tatiana los reproches de la parte final de la novela aparecen con un tono de ternura incuestionables. Ella no quiere de modo rencoroso mostrarle las razones de por qué todo terminó saliendo mal a Onieguin. Ella busca en las explicaciones un motivo verdadero para terminar con la angustia compartida por los dos por lo que pudo haber sido y no fue. Ya se encuentra en otra posición, le debe fidelidad a otro hombre y prefiere aceptar esto. Tatiana representa además la valentía en aceptar las cosas que no se pueden cambiar, la firmeza y honestidad personal para aceptar que por más que se quisiera volver atrás (en este caso intentar un nuevo amorío con Onieguin) no se podría. No hay falsedad disfrazada de ilusión y fantasías, Tatiana acepta valientemente, mucho más valientemente de lo que Onieguin puede.

En este sentido Belinski reconoce en la explicación de Tatiana la esencia de la mujer rusa. “Todo: la pasión ardiente, la sencilla intimidad, el sentimiento sincero, la pureza, la santidad de los movimientos inocentes de una naturaleza noble, la inclinación a la filosofía, el amor propio ofendido, la vanidad por la virtud, bajo la cual se enmascara el temor servil a la opinión de la sociedad y los agudos silogismos de la inteligencia, la moral mundana que paraliza los generosos impulsos del corazón…” Comenta que los reproches de Tatiana tienen que ver con que según ella era más lógico que la amara antes y no ahora, porque antes ella era más joven y mejor. Ahora ella se mostraba como una mujer de mundo y la aldeana de antes no tenía para Onieguin “los encantos de la seducción”. “¡Cómo se ve en esta mirada sobre las cosas a la mujer rusa!”, exclama Belinski.

Parece una insistencia exagerada la del crítico por remarcar el carácter ruso de Tatiana, pero a esto debe imponerse el saber entender la distancia que media entre la creación de la obra y hoy. Hoy se trata de un clásico universal y cuesta ver a Tatiana como un “embrión moral”. Las naciones entonces debían definirse, hoy es conocido por todos el carácter indefinido que ellas tienen.

También comenta que el rechazo de Tatiana tiene que ver con cierto remanente de las “malas novelas sentimentales” y que ella “fue entregada” a otro hombre y no fue ella la protagonista de la decisión. 

Dostoievski, sin embargo, es más claro al elogiar a Tatiana. “ella es una persona firme, firmemente asentada en su suelo. Es más profunda que Onieguin y, desde luego, más inteligente”. “Es posible que Pushkin hubiera hecho mejor en ponerle a su poema el nombre de Tatiana y no el de Onieguin, ya que ella es sin discusión la protagonista principal. Tatiana es un tipo positivo, no negativo, un tipo de belleza positiva, una apoteosis de la mujer rusa, y es elegida por el poeta para expresar la idea de la obra en la conocida escena del último encuentro con Onieguin”. Le contesta secamente a Belinski: “Si hay un embrión moral en el poema ese es, por supuesto, él mismo, Onieguin, y en esto no hay discusión”.

Parece más “actual” la visión de Dostoievski, más esencial, tanto que sobreviviría al paso del tiempo: “Tatiana pasó por su vida y por delante de él sin que la reconozca ni valore; en esto consiste la tragedia de la novela”.

Onieguin es, para Dostoievski, un ser ingenuo, caprichoso. “Onieguin ama a su fantasía, y él mismo es una fantasía… es una hoja que se lleva el viento”. Ama la fantasía del reencuentro con Tatiana, aquella aldeana, ahora mujer de ciudad, a la que anteriormente se había negado en su pueblo, por cuestiones de una frívola racionalidad.

Belinski, como se dijo anteriormente, rescató lo crudamente humano de la representación que Pushkin le dio a Onieguin, y lo mismo sucedía con la voz del narrador: los parientes son así: estamos obligados a mimarlos, y quererlos[5], cuando relata el encuentro de Onieguin con su tío en el lecho de muerte. En su alma, quien vivió y pensó no puede a la gente dejar de despreciar[6], y Pushkin mismo, en esta suerte de extrapolación entre autor-narrador-personaje fue víctima de acusaciones de inmoralidad.

Se conoce el rechazo del público hacia el protagonista, se lo acusó de hombre frío, seco y egoísta. A esto, Belinski contesta resaltando una característica fundamental de la novela. Dice que los sentimientos de Onieguin no dejaron de existir, sino que se enfriaron por la vida mundana y el paso del tiempo. “En su alma vivía la poesía”; “era más lo que sentía que lo que hablaba, y no se abría a todos”; “Él no sirve como genio, no se trepa a la gente importante, pero la apatía y la vulgaridad de la vida lo sofocan; incluso no sabe qué necesita, qué quiere; pero sabe, y lo sabe bien, qué es lo que no necesita”. Evgueni es alguien a quien el paso del tiempo le mostró su cara más hostil, alguien ahogado en la jandrá de la vida. Tampoco el público entendió la negativa al amor de Tatiana. Belinski explica el error de este “egoísta que sufre” -así define a este singular héroe- y comenta que ese error, propio de lo irracional del amor, lo pagaría Onieguin hacia el final de su vida: “Onieguin no estaba predestinado a morir sin probar la copa de la vida”. A los interminables bostezos diarios de Evgueni se le iba a interponer cierta pasión tardía por pretender algo que ya no está a su alcance.

Como se ha visto, la idea más perseverante en la crítica de Belinski es la capacidad de la novela de representar a la vida rusa. “Al Onieguin se lo puede llamar una enciclopedia de la vida rusa y en sumo grado una obra popular”. Si alguien personificó desde la crítica literaria una oposición a la visión de Belinski, ese fue Písarev.

Dmitri Ivánovich Písarev concebía a la crítica literaria y al arte en general con el modo de quien necesita cumplir un fin preciso, estricto. El arte debía servir a alguien, tenía que brindar algo a la sociedad, algo que sirva para ser implementado. A esa tendencia hacia la utilidad, la llamó “realismo”. Es sorprendente ver la insistencia en término “útil” en sus críticas. Lo que no está de ese lado es “basura”, “habladurías”, “canalladas”, son “filisteos”. Había que solucionar la cuestión de “la gente hambrienta y desnuda”, ese era el fin último y el arte, como el resto de las cosas, debían alinearse hacia ahí. ¿Qué lugar podía ocupar hacia estos fines un Evgueni Onieguin? Sin duda no personificaría lo “útil”.

La crítica realista tenía como deber procesar las obras literarias y sacar lo “bueno” de ellas, poniendo su atención al contenido y no a la forma. Lo importante era la “idea”, o sea, lo que se transmitiría a alguien para hacerlo mejor, dentro de un contexto siempre social, por supuesto. El lenguaje importaría sólo en tanto modo de transmitir pensamientos. En este contexto entonces, la novela siempre sería mejor medio que el poema.

La vida de Písarev fue breve, pasando cuatro de sus veintisiete años en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Su escritura se muestra furiosa, rápida, no deja lugar a medias tintas. Es por esto que al día de hoy son notorias tanto sus idealizaciones como sus degradaciones. El arte, el escritor, la poesía, el viejo lector perspicaz y el nuevo buen lector, lo que conviene, lo que no, todo debía estar rotundamente definido.

Chernishevski y su “¿Qué hacer?” serían para él una obra enorme, la primera leída por la gente que verdaderamente importaba para él, “El proletariado pensante”. Ahí quedaban definidos los hombres nuevos, los raznochintsi, los “egoístas razonables”[7]. Una definición que no puede leerse sin pensar en una evidente idealización. La crítica de Písarev de “¿Qué hacer?” tiene más bien carácter de manifiesto. Cabe recordar su idea de que la tarea de un crítico sería la de, más o menos, traducir la obra artística para que pueda ser comprendida por quienes no poseen las herramientas necesarias para llegar a la obra por sí mismos.

Mientras tanto a Alexandr Pushkin lo ubicaría en una segunda línea de creadores. “Dicen, por ejemplo, que Pushkin es un gran poeta, y todo el mundo se lo cree. Pero en realidad resulta que Pushkin es simplemente un gran estilista y nada más […] La literatura moderna fue fundada por Gógol, no por Pushkin”.

La crítica de Písarev a “Evgueni Onieguin” es en verdad una crítica a la crítica de Belinski. Revisa lo que él llamó “arrebatos de entusiasmo de nuestro genial crítico”. Como primera medida comenta que está equivocada la mirada benévola del crítico hacia el personaje de Evgueni y lo acusa de haber caído en la “elasticidad” de las palabras de la obra. No podía ser de otro modo, Písarev necesariamente tiene que condenar todo engalanamiento de la forma, porque siempre hace hincapié en el contenido. ¿Cuál es el contenido que el joven realista ve? Que Onieguin posee un “espíritu cáustico y enfriado”, que es “sólo un hábil seductor de coquetas incorregibles”, un personaje rodeado de objetos innecesarios, que se aburre y ese aburrimiento es una “consecuencia fisiológica de una vida muy disoluta”. Continúa con las hipótesis que, al uso de los hombres nuevos, deben tener una explicación desde las ciencias duras: “El organismo más resistente se quebranta […] cuando goza de forma demasiado lujosa de toda clase de dones de la naturaleza”; “Si las dosis de placer se suceden rápidamente una tras otra y si estas tomas son muy fuertes, nuestra capacidad de gozar se embota por completo y decimos que nos hastía o repugna una u otra ocupación agradable”.

Onieguin no trabaja y no estudia y esto no podía caerle muy bien a un raznochintsi. “Onieguin es un hombre irremediablemente fútil y una total nulidad”. No sabe leer según Písarev, porque no tiene método, lee “sin objetivo, sin sistema, sin idea directriz”. Se aburre porque no trabaja y no trabaja porque otros lo hacen por él, por tener dinero, no por ser alguien especial, alguien de naturaleza superior. “Quítenle al fausto ruso su cartera, y se volverá al instante más manso que un cordero, más tranquilo que un arroyo, más modesto que una señorita. Junto con los ataques de la naturaleza demoníaca desaparecerá también el fatídico aburrimiento. Fausto se meterá a peón de obrero y se perderá entre la gris multitud que pisoteó audazmente con sus trotones en los tiempos de su gobierno sobre el Mefistófeles de bolsillo.”

Como una muestra más del sentido utilitarista que una obra debería poseer para Písarev, él comenta sobre el personaje de Lenski y la relación que este tiene con Evgueni, que Pushkin sólo menciona una afición de Lenski hacia Kant, por ejemplo; pero que el autor no nos deja una reflexión precisa sobre los constructos filosóficos de Kant. Asimismo, advierte que en los versos de la obra se menciona gran cantidad de charlas filosóficas entre los dos personajes, pero en ningún momento se explicita alguna discusión, por lo tanto, en ese sentido la obra no deja ningún tipo de “saber” del cual el público podría sacar provecho. Sin reflexiones, sin ideas explícitas y claras, sin “disputas serias” la obra pierde más de lo que gana, según la óptica realista.

En el texto de Písarev sobrevuela la dualidad de dos generaciones, que necesariamente él debe mostrar como francamente opuestas, “los ardientes idealistas de los años veinte y los fríos realistas de hoy en día”. Bazárov, personaje de Turgueniev en “Padres e Hijos”, fiel representante de la nueva generación, había sido acusado de cinismo por los lectores por elogiar los hombros de una mujer; a Písarev, entonces, le parece mejor representante de algún cinismo el idealista Lenski, que no sólo habla de los hombros de su novia, sino que además lo hace de su pecho.

Písarev no encuentra ninguna cualidad positiva en Lenski, al que ubica dentro de los románticos, los artistas “que dejan sin atención las desgracias y las necesidades de la realidad contemporánea”.

Vano orgullo personal, noción del deber de caballero de clase, estupidez y prejuicio son los posibles motivos que analiza Písarev para el actuar de Onieguin al matar a su amigo en duelo. Es otra de las operaciones de Pushkin, según Písarev, el convertir ese acto en un martirio futuro del personaje, como situándolo en un sufrimiento por ser alguien especial, por encima del resto de la gente.

El autor explícitamente se sitúa en “las filas de la obtusa chusma” hacia el final de su crítica y así se hace cada vez más manifiesta su posición: Pushkin nunca conoció el sufrimiento y el hambre del ser humano, Belinski fue un enaltecedor de una obra que no representa al pueblo ruso y Evgueni Onieguin no será jamás modelo ni representante de los nuevos intelectuales, porque es simplemente alguien que se aburre, representante del status quo, que mira de arriba al pueblo.

Los modelos a seguir lo ocupan claramente los Béltov, los Rudin, los Chatski y los nuevos Bazárov, Lopujov y Rájmetov, “con el tipo oneguiano no nos une nada”. “Béltov, junto con Chatski y Rudin representa el despertar doloroso de la autoconciencia rusa. Son hombres del pensamiento y del amor ardiente. También se aburren, pero no a causa de la indolencia mental, sino porque las cuestiones que están hace tiempo resueltas en su mente, no pueden todavía ser planteadas en la vida real.”

Písarev responde a la afirmación de Belinski sobre el Onieguin que “si Evqueni Oneguin es la enciclopedia de la vida rusa, quiere decir que la enciclopedia y la vida rusa no se parecen en absoluto, porque la enciclopedia está por su cuenta, y la vida rusa por la suya”.

Para el joven Písarev los ensayos de Belinski sobre Pushkin fueron en algún punto útiles para el desarrollo intelectual de la sociedad, pero a través de estas obras, mucha gente empezó a querer a Pushkin y a su Onieguin, no con un sentido legítimo -según el crítico-, sino a través de las observaciones de Belinki, que “amaba al Pushkin que él mismo se había creado”.

Una obra de la magnitud de Evgueni Onieguin no puede escapar a ciertas lecturas polémicas. Siempre las hay en obras con carácter nacional, porque la mirada que se hace posteriormente no suele llevar el mismo ritmo, el tiempo y la visión original. Más que adelantadas a su tiempo, las obras con una impronta original como la del Onieguin, demuestran un ojo de extrema precisión y sensibilidad para el momento en que se escriben. Este tipo de obras devela algo que de alguna manera todos sabían y que se vuelve casi obvio una vez demostrado.

Evgueni Onieguin es obra nacional, pero mucho más importante es el carácter universal que ella tiene. El amor, el paso del tiempo, la atenuación de las pasiones, el idealismo, el tedio, el vicio, el rencor, el perdón, son los temas que la recorren y lo hacen de un modo único, con una estética singular, donde Onieguin, Pushkin y el lector parecen ser uno solo.







[1] Evgueni Onieguin, capítulo II, estrofa IV, versos VI y VII
[2] Evgueni Onieguin, capítulo VII, estrofa XXXIV, versos I y II
[3] Lapti: calzado campesino parecido a una alpargata; sermiaga: tela de lana burda, término usado antiguamente para nombrar a los campesinos pobres; zipún: traje campesino.

[4] El film “Onegin” de 1999 tiene ciertos atributos destacables. Como representación sabe respetar a la obra original y no busca ir más lejos, ya que intentar ir más lejos que un clásico es arriesgar mucho. Había que dar a conocer el clásico ruso al mundo y se trató de ir al pie de la letra. Se representa muy bien a la atmósfera rusa y a Onieguin y en general a los personajes, salvo detalles como la edad de las hermanas y el pelo corto en Lenski. Cabe destacar lo logrado del personaje principal en lo referido a su continuo ahogo en la jandrá.
[5] Evgueni Onieguin, Capítulo IV, estrofa XX, versos VI y VII.
[6] Evgueni Onieguin, Capítulo I, estrofa XLVI, versos I y II.

[7] Es curioso que este tipo de valoración positiva del egoísmo que hace Písarev coincida con la hecha por Herzen. Para el primero el egoísmo en las convicciones, en la pasión por la profesión, en su intelecto, harían que se beneficie a la sociedad entera. Para el segundo, escritor de la generación del 40, muy criticado por los hombres nuevos, “El egoísmo no es un vicio. […]   Los moralistas truenan violentamente contra él, en lugar de construir sobre él. […] Arrancar del corazón del hombre el egoísmo es robarle sus principios vitales, la levadura y la sal de su personalidad”. ¿Poseen un sentido totalmente opuesto los dos términos para los autores? Herzen dice: “Si arrancáis su altruismo a un hombre, tendréis un feroz orangután; pero si destruís su egoísmo, haréis un mono amaestrado.” Mientras que el segundo punto que define a los raznochintsi es: “El interés personal de los hombres nuevos coincide con la utilidad común, y en su egoísmo tiene cabida el amor más amplio a la humanidad”.