En la novela “En la plaza Oscura” (“Above the Dark Circus”), Hugh Walpole mezcla de manera perfecta
tres componentes diversos. Por un lado, la acción policial de un acontecimiento
que dura una sola noche - un par de horas nada más- que invita a recorrer de
manera maníaca el interior de un departamento de Picadilly Circus y además su exterior, con sus calles y luces de
neón. Hace un frío inmenso en la Londres de los años siguientes a la primera
guerra. Hay que festejar, hay que olvidar. Por el otro, nos invita a meternos en un drama amoroso que transcurre, además del primer factor que
nombré, inmerso en el último factor: personas todas con preocupaciones
filosóficas. Entonces: novela policial, de amor, y de contemplaciones
filosóficas. Ningún género se come al otro, en el marco de la acción minuto a
minuto, que es brindada por el hecho policial.
“Picadilly Circus se movía ante
mis ojos, y dentro de él, sobre él y alrededor de él, pasaban todas las cosas
felices del mundo: hombres y mujeres junto al fuego, el ruido del carbón que se
consumía bajo la lámpara, los bailarines girando mejilla contra mejilla al
ritmo de la orquesta, los colores y esencias y el calor traídos para la
felicidad de otra persona, la puerta que se abre al sonido de una voz amada,
cerrándose sobre la intimidad de los murmullos, campanillas sonando, perros y
gatos, juguetes y cintas de colores y trompetas de latón, la lenta comprensión
de la verdad y fidelidad de una gran amistad, nacimiento y muerte compartidos
por decisión y deseo, trabajo hecho ansiosamente para la gloria de otro, un
coro de voces cantando, los tonos elevándose por sobre el zumbido del tránsito,
y la marcha mesurada de los hombres que pasan; todo esto no sería mío nunca
más, porque de hoy en adelante yo estaba marcado. Salí con la cabeza baja.”
Son verdaderos pedazos de poesía dentro de una obra de
ubicada dentro del género policial. Además de la voz del protagonista, aparece una voz
poderosísima, un romántico de esos tiempos, un virtuoso y un condenado al mismo
tiempo, que explica con estas palabras el porqué de su vida a su esposa de la
que va a separarse. El porqué de Juan Osmund, condensa el porqué de muchos:
“-Oye, Elena. Nunca he estado en
buenos términos con esta vida. Nunca he visto las cosas correctamente. He
estado, si quieres llamarle así, un poco ebrio. (Dice ella que volvió varias
veces a esta analogía.) Ebrio de belleza por una parte. Desde que, cuando era
un chico de seis años, me detuve con mi padre entre Penzance y Marazion y vi el
Monte San Miguel en una bruma de bronce y el mar verde y púrpura rodeándolo. Si
hay una cosa como ésta, pensé, todo debe ser así. Era al mismo tiempo realista
y romántico, una posición difícil para cualquiera. Pero una cosa vi con
claridad: que la vida es una lucha entre los que construyen y los que
destruyen, los afirmantes y los negadores. No era sentimental con respecto a
esto. Lo vi con gravedad mortal…”
Obra extraña, de colores singulares, que parece haber
pasado demasiado desapercibida –no entiendo bien por qué- o por lo menos que
parece haber quedado injustamente enclaustrada en el género policial del siglo
XX, como tantas veces ocurre con géneros que se comen a obras.
Hugh Seymour Walpole nación en Nueva Zelanda en 1884, estudió
y vivió en Inglaterra; fue muy popular en su tiempo y se le adjudicó el título de Sir en
1937. Fue un escritor que se explayó en varios géneros: el infantil, el ensayo
literario, la biografía. Murió en 1941, mientras trabajaba como voluntario en
la segunda guerra mundial.

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