El film “Enemy” nos mueve a luchar contra lo estático, como si estuviéramos inmovilizados. Será por eso que no nos deja conformes, y nos planteamos preguntas tan básicas como: “¿Disfruté al verla?” o “¿Cuál fue el intento del director?”. La película se deja pensar, porque no encontramos lo evidente por ninguna parte.
Aún vista hace un tiempo y procesada como se merece, no se puede
alcanzar ningún lugar cercano a “es buena” o “es mala” – simplificación que
acomoda a cualquier espectador. Se podrá considerar que fue tan ambiciosa que
hizo aguas a dar una idea clara de su punto crucial, o que, precisamente, ese
era el objetivo desde la dirección: que la trama haga perdernos y que quedemos
finalmente atrapados en esa tela de araña.
Desde lo técnico la película es prolija, dedicada. Hay mucho
trabajo y se nota: las actuaciones, los planos, los tiempos, los estados
inducidos tanto por imágenes como por el sonido. La atmósfera de
intriga y confusión se nos da a entender de modo claro. También lo hace el
clima lúgubre de las escenas, la soledad subjetiva del personaje, metido en una
ciudad que se nos da fría, opresiva y con poco contacto humano.
Volviendo a lo esencial de la película, es incluso difícil
destacar alguna temática por encima de otras. Hay pistas concretas: la locura,
el “Doppelgänger”,
las perversiones sexuales, el temor al compromiso, el temor a la mujer… por qué
no, el control en las sociedades actuales.
Quizás “Enemy”
sea una película de estados, que pueda ser valorada más por lo instintivo, por
lo que se pueda sospechar, película desfragmentada con ese propósito, el de que
las escenas tengan tanta potencia que nos perdamos de poder seguir el todo. Una
vez más: el objetivo de perdernos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario