No sabía quién era Kim Leine. Su nombre no se acercaba siqiuera a ningún
rincón perdido de mi memoria. La edición de su novela “El fiordo de la
eternidad” era de excelente calidad y no es cuestión tampoco de subestimar lo
que hoy está ya por encima de la sobreestimación: el ingreso de lo bello vía
ocular.
Alentado por haber estado leyendo ensayos cortos y por extrañar la tan sana
costumbre de acobijarme en una historia, hacerme aliado de personajes y recrear
ambientes, el libro ya contaba con dos puntos a favor, su presentación y mi
predisposición.
Además quería meterme en una historia larga, cuestión que la mayoría de las
veces suele asustar más que alentar. Recordé en ese momento que Dostoievski
cobraba por cantidad de hojas y que debiendo dinero por haberlo perdido
jugando, muchas veces extendía sus novelas lo más que podía con tal de poder
seguir jugando a la ruleta. La novela de Leine cuenta con 500 páginas que
narran más o menos 50 años de historia del personaje Morten Falck. Corrí a un
lado mi asociación prejuiciosa, puesto que hoy parece que ciertas novelas
prefabricadas debieran tener también una forma corpulenta, y me concentré en lo
que me llamaba la atención.
Leine nació en Noruega y vivió en Dinamarca y Groenlandia. Fue enfermero
durante quince años. Su resumen biográfico no dice mucho. La contratapa en
cambio señala que se trata de una novela sobre un pastor protestante de
“espíritu racionalista y libertino” que tiene a Russeau como influencia fundamental.
Precisamente una frase suya recorre la obra como un mantra: “El hombre nace
libre, ¡Y por todos lados está encadenado!”. Se trata de una obra sobre la
libertad, tanto en el espíritu individual, como en el espíritu colectivo.
La presencia de los fiordos le da a la obra un tinte poético y fantástico
inmediato. La palabra misma nos es ajena, porque evoca un paisaje extraño para
nosotros. El protagonista de la novela “La soledad de las vocales” del español
Pérez Álvarez también practica una evocación mántrica: la expresión del deseo
de que sus cenizas se esparzan en los fiordos noruegos. Es lo que más recuerdo
de esa novela, con lo cual tengo presente que mi atención sobre ese accidente
geográfico y la palabra que lo representa estaban prefijados hacía bastante
tiempo. Probablemente no hubiera comprado la novela si el título hubiese
reemplazado la palabra “fiordo” por la de “lago”, así que esto vuelve a darle
la razón a la importancia de los títulos de las obras.
Los riesgosos bosques noruegos, una Copenhague casi medieval, viajes en
embarcaciones precarias, lugares prácticamente inhabitables – la novela hace
sentir el frío polar línea tras línea-, una Groenlandia anárquica donde reina
el pecado, la suciedad, la corrupción, la precariedad absoluta; todos factores afinadamente
descriptos que nos dan la sensación de revivir un pasado que de algún modo debe
descansar sepultado en nuestra memoria. La novela nos deja la sensación de que
ese pasado ya lo hemos vivido como humanidad y esto nos deja una sensación de
alivio y por lo tanto de exploración de un paisaje social remoto.
La novela es muy humana porque expresa nuestra lucha continua por
adaptarnos a esa creación tan ajena y nuestra a la vez como lo es la invención
del plano moral. Somos los únicos seres que conocemos ese concepto – insisto en
que lo hemos creado nosotros- y sin embargo no logramos entenderlo del todo.
Hay hombres buenos y hombres malos. A pesar de lo idealizada que suena esa
antinomia y de que es muy cierto que las circunstancias muchas veces hacen
vacilar tanto a los buenos como a los malos, no deja de ser una verdad. La
novela deja traslucir algo de esa verdad.
El encuentro exitoso con una obra y un autor del que nada sabíamos nos deja
una sensación placentera distinta. Muchas veces acostumbramos a que un autor
nos lleve a otro, otras dejamos que sea un tema sugerido o un tiempo los que
hermanen autores. A veces una elección libre, espontánea, nos dirige a buen
puerto.

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