viernes, 23 de septiembre de 2016

El fiordo de la eternidad


No sabía quién era Kim Leine. Su nombre no se acercaba siqiuera a ningún rincón perdido de mi memoria. La edición de su novela “El fiordo de la eternidad” era de excelente calidad y no es cuestión tampoco de subestimar lo que hoy está ya por encima de la sobreestimación: el ingreso de lo bello vía ocular.

Alentado por haber estado leyendo ensayos cortos y por extrañar la tan sana costumbre de acobijarme en una historia, hacerme aliado de personajes y recrear ambientes, el libro ya contaba con dos puntos a favor, su presentación y mi predisposición.

Además quería meterme en una historia larga, cuestión que la mayoría de las veces suele asustar más que alentar. Recordé en ese momento que Dostoievski cobraba por cantidad de hojas y que debiendo dinero por haberlo perdido jugando, muchas veces extendía sus novelas lo más que podía con tal de poder seguir jugando a la ruleta. La novela de Leine cuenta con 500 páginas que narran más o menos 50 años de historia del personaje Morten Falck. Corrí a un lado mi asociación prejuiciosa, puesto que hoy parece que ciertas novelas prefabricadas debieran tener también una forma corpulenta, y me concentré en lo que me llamaba la atención.

Leine nació en Noruega y vivió en Dinamarca y Groenlandia. Fue enfermero durante quince años. Su resumen biográfico no dice mucho. La contratapa en cambio señala que se trata de una novela sobre un pastor protestante de “espíritu racionalista y libertino” que tiene a Russeau como influencia fundamental. Precisamente una frase suya recorre la obra como un mantra: “El hombre nace libre, ¡Y por todos lados está encadenado!”. Se trata de una obra sobre la libertad, tanto en el espíritu individual, como en el espíritu colectivo.

La presencia de los fiordos le da a la obra un tinte poético y fantástico inmediato. La palabra misma nos es ajena, porque evoca un paisaje extraño para nosotros. El protagonista de la novela “La soledad de las vocales” del español Pérez Álvarez también practica una evocación mántrica: la expresión del deseo de que sus cenizas se esparzan en los fiordos noruegos. Es lo que más recuerdo de esa novela, con lo cual tengo presente que mi atención sobre ese accidente geográfico y la palabra que lo representa estaban prefijados hacía bastante tiempo. Probablemente no hubiera comprado la novela si el título hubiese reemplazado la palabra “fiordo” por la de “lago”, así que esto vuelve a darle la razón a la importancia de los títulos de las obras.

Los riesgosos bosques noruegos, una Copenhague casi medieval, viajes en embarcaciones precarias, lugares prácticamente inhabitables – la novela hace sentir el frío polar línea tras línea-, una Groenlandia anárquica donde reina el pecado, la suciedad, la corrupción, la precariedad absoluta; todos factores afinadamente descriptos que nos dan la sensación de revivir un pasado que de algún modo debe descansar sepultado en nuestra memoria. La novela nos deja la sensación de que ese pasado ya lo hemos vivido como humanidad y esto nos deja una sensación de alivio y por lo tanto de exploración de un paisaje social remoto.

La novela es muy humana porque expresa nuestra lucha continua por adaptarnos a esa creación tan ajena y nuestra a la vez como lo es la invención del plano moral. Somos los únicos seres que conocemos ese concepto – insisto en que lo hemos creado nosotros- y sin embargo no logramos entenderlo del todo. Hay hombres buenos y hombres malos. A pesar de lo idealizada que suena esa antinomia y de que es muy cierto que las circunstancias muchas veces hacen vacilar tanto a los buenos como a los malos, no deja de ser una verdad. La novela deja traslucir algo de esa verdad.


El encuentro exitoso con una obra y un autor del que nada sabíamos nos deja una sensación placentera distinta. Muchas veces acostumbramos a que un autor nos lleve a otro, otras dejamos que sea un tema sugerido o un tiempo los que hermanen autores. A veces una elección libre, espontánea, nos dirige a buen puerto.

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