"Será porque hace tantos años que
vivo en esta casa, pero ya no creo en los castigos"
I. Parodi
El investigador no profesional Isidro Parodi quizás le deba su éxito, además de
a su inteligencia-que seguro la tenía- al hecho de que él se encontraba en
prisión. Nadie tenía que ocultarle cosas, en definitiva él era un preso. Sólo
una vez amenazó con hablar con el comisario, pero intuimos que Parodi no tenía
naturaleza de delator, fue sólo una amenaza. Nadie tenía otra motivación que no
sea la de averiguar qué pasó. Y aunque el hombre en varias ocasiones fue
visitado por más de un interesado en la resolución, él se mantenía al margen,
haciendo uso de la objetividad. Eso le era permitido, entre otras cosas,
gracias a la tranquilidad de su celda ubicada en la ex prisión dónde ahora se
ubica el parque las Heras.
Se nos invita a sospechar que los visitantes, además, se sentirían cómodos con la condición de inocente de Isidro. Inocente encerrado -¿habrá algún castigo peor para un hombre honesto?-.
Los visitantes a la celda de Parodi sabrían seguramente que él fue encerrado de
manera injusta, porque el prisionero usa la amabilidad y cordialidad como
herramienta principal de presentación. Parodi es una persona querida, querible
(sinónimo de amable). Los guardias le concedían el privilegio de las visitas y muy
probablemente hasta serían los encargados de conseguirle yerba para su mate y
los atados de cigarrillos “imparciales”*- nombre sugerente para el caso, porque
es la posición que nuestro héroe toma equivale a la tranquilidad de un
semidiós, que responde sólo para hacer un bien, o en última instancia para
divertirse descubriendo misterios-.
De los seis problemas, el primero nos
deja la fascinación por el fuego, por la noche y por el nombre
"Abenjaldún", palabra rara, pero que una vez que entra se nos queda
en la sangre. Es el problema que se presenta como más surrealista, oscuro.
El segundo es mucho más divertido.
Incluso podría imaginarse a Parodi divirtiéndose en su resolución. Porque
Mickey Montenegro (a quien ya conocíamos por el prólogo y a quien vamos a ver
aparecer en todos los problemas siguientes) es un personaje querible por su
idiotez disfrazada de frases elegantes en francés. Es eso, un tipo elegante,
divertido, tanto que nos olvidamos de su pedantería y su antisemitismo. Un
mujeriego, hombre de sociedad, respondiendo a los estándares de “típico
porteño”, que se afirma como argentino de pura cepa y que cuando habla mal de
los ingleses usa después la palabra “hesitar” en vez de “dudar”.
El problema también ocurre en un lugar particularmente fascinante, el tren, que
con su movimiento perpetuo desafía la lógica del tiempo y del espacio, una
suerte de plus desafiante a la hora de resolver un caso. El tren no era cualquier
tren, era uno lujoso, de larga
distancia, el "Panamericano", que cumple en el cuento el trayecto
Jujuy-Buenos Aires.
El tercer problema es más complejo,
porque ya los visitantes quieren aprovecharse de la inteligencia y nobleza de
Parodi, le quieren sacar provecho y la empatía que nos habían mostrado los
personajes se complejiza. La cosa se enmaraña bastante. Dentro del problema en
sí aparece otro, el de las visitas. A Parodi ahora se lo visita buscando
despistar.
El cuarto problema se enmaraña tanto que
el lector espera con ansiedad creciente la resolución de Parodi. Es fácil
perderse en el ejercicio de detective y sacar hipótesis rebuscadas. Y resulta
que la motivación de las muertes es de las más comunes: la traición en el amor.
Y Parodi lo dice, lo de siempre: "amigo la italiana le jugó una mala
pasada". La motivación es de las comunes, lo que sigue no. Y eso se ve en
el cuento, porque hablamos de un plan maquiavélico que lleva 40 años para ver
su resultado.
En el problema quinto aparece un joven
compadrito que recarga su lenguaje con metáforas cómicas (“le calzaron el
sobretodo de madera” para decir que mataron a alguien) y con una precisión a la
hora de elegir las palabras que va a usar, que hacen de su hablar una mezcla
extraña entre elegancia y desfachatez. El joven necesita mudarse a un hotel
para escapar de supuestos peligros que lo acechan en el barrio del Abasto. El
hotel se llama “El Nuevo Imparcial” – otra referencia a la virtud principal de
Isidro- y conviven en sus habitaciones baratas varios personajes misteriosamente
queribles.
En el último problema nos vuelve a
mostrar a Parodi tal cual es, invadido por dos discursos repletos de
enumeraciones, alegorías, figuras (unas de estilo chino y las otras
afrancesadas), responde con la sagacidad y síntesis que solo la humildad puede
tener. Hombre de principios (o de ideales), termina declarándose ser
independiente, fiel creyente en el individuo, y sus ideales son los que
sentencian el resultado del castigo.
Parodi, - no Bustos Domecq, ni él, ni
otros- ha resuelto varios problemas, que no son necesariamente casos y sí
problemas, como si se tratara de algo matemático, algo en algún punto más divertido
y despojado, sin tanto compromiso como un caso a resolver, dónde la justicia
parece ser uno de los fines más importantes.
Se trata de una serie de cuentos que al
agruparse en un hilo temático nos sugiere cierta familiaridad con las novelas
policiales de principios de siglo XX. A las dos tendencias clásicas que más
resaltan- la inglesa con su mecanismo de relojería perfecta y la estadounidense
con su ritmo vertiginoso y pasional- se contrapone un estilo bien original y
vernáculo. Nos encontramos con el sentido del humor, el lenguaje como medio
lúdico primordial capaz como burlarse a sí mismo, con las habilidades propias
de las personas del lugar y con un personaje inédito: no hay pipas, no hay Scotland
Yard, no se usa la estricnina ni se anda en un auto por una carretera con
paisajes asombrosos. Sí hay un personaje, que como todo buen personaje se
vuelve más que una creación y todas las intenciones que tras él se ocultan.

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