viernes, 10 de abril de 2015

Seis Problemas para Isidro Parodi, el imparcial




"Será porque hace tantos años que vivo en esta casa, pero ya no creo en los castigos"
I. Parodi



El investigador no profesional Isidro Parodi quizás le deba su éxito, además de a su inteligencia-que seguro la tenía- al hecho de que él se encontraba en prisión. Nadie tenía que ocultarle cosas, en definitiva él era un preso. Sólo una vez amenazó con hablar con el comisario, pero intuimos que Parodi no tenía naturaleza de delator, fue sólo una amenaza. Nadie tenía otra motivación que no sea la de averiguar qué pasó. Y aunque el hombre en varias ocasiones fue visitado por más de un interesado en la resolución, él se mantenía al margen, haciendo uso de la objetividad. Eso le era permitido, entre otras cosas, gracias a la tranquilidad de su celda ubicada en la ex prisión dónde ahora se ubica el parque las Heras. 

Se nos invita a sospechar que los visitantes, además, se sentirían cómodos con la condición de inocente de Isidro. Inocente encerrado -¿habrá algún castigo peor para un hombre honesto?-. 

Los visitantes a la celda de Parodi sabrían seguramente que él fue encerrado de manera injusta, porque el prisionero usa la amabilidad y cordialidad como herramienta principal de presentación. Parodi es una persona querida, querible (sinónimo de amable). Los guardias le concedían el privilegio de las visitas y muy probablemente hasta serían los encargados de conseguirle yerba para su mate y los atados de cigarrillos “imparciales”*- nombre sugerente para el caso, porque es la posición que nuestro héroe toma equivale a la tranquilidad de un semidiós, que responde sólo para hacer un bien, o en última instancia para divertirse descubriendo misterios-. 


De los seis problemas, el primero nos deja la fascinación por el fuego, por la noche y por el nombre "Abenjaldún", palabra rara, pero que una vez que entra se nos queda en la sangre. Es el problema que se presenta como más surrealista, oscuro. 



El segundo es mucho más divertido. Incluso podría imaginarse a Parodi divirtiéndose en su resolución. Porque Mickey Montenegro (a quien ya conocíamos por el prólogo y a quien vamos a ver aparecer en todos los problemas siguientes) es un personaje querible por su idiotez disfrazada de frases elegantes en francés. Es eso, un tipo elegante, divertido, tanto que nos olvidamos de su pedantería y su antisemitismo. Un mujeriego, hombre de sociedad, respondiendo a los estándares de “típico porteño”, que se afirma como argentino de pura cepa y que cuando habla mal de los ingleses usa después la palabra “hesitar” en vez de “dudar”. 



El problema también ocurre en un lugar particularmente fascinante, el tren, que con su movimiento perpetuo desafía la lógica del tiempo y del espacio, una suerte de plus desafiante a la hora de resolver un caso. El tren no era cualquier tren,  era uno lujoso, de larga distancia, el "Panamericano", que cumple en el cuento el trayecto Jujuy-Buenos Aires. 


El tercer problema es más complejo, porque ya los visitantes quieren aprovecharse de la inteligencia y nobleza de Parodi, le quieren sacar provecho y la empatía que nos habían mostrado los personajes se complejiza. La cosa se enmaraña bastante. Dentro del problema en sí aparece otro, el de las visitas. A Parodi ahora se lo visita buscando despistar.

El cuarto problema se enmaraña tanto que el lector espera con ansiedad creciente la resolución de Parodi. Es fácil perderse en el ejercicio de detective y sacar hipótesis rebuscadas. Y resulta que la motivación de las muertes es de las más comunes: la traición en el amor. Y Parodi lo dice, lo de siempre: "amigo la italiana le jugó una mala pasada". La motivación es de las comunes, lo que sigue no. Y eso se ve en el cuento, porque hablamos de un plan maquiavélico que lleva 40 años para ver su resultado. 



En el problema quinto aparece un joven compadrito que recarga su lenguaje con metáforas cómicas (“le calzaron el sobretodo de madera” para decir que mataron a alguien) y con una precisión a la hora de elegir las palabras que va a usar, que hacen de su hablar una mezcla extraña entre elegancia y desfachatez. El joven necesita mudarse a un hotel para escapar de supuestos peligros que lo acechan en el barrio del Abasto. El hotel se llama “El Nuevo Imparcial” – otra referencia a la virtud principal de Isidro- y conviven en sus habitaciones baratas varios personajes misteriosamente queribles.

En el último problema nos vuelve a mostrar a Parodi tal cual es, invadido por dos discursos repletos de enumeraciones, alegorías, figuras (unas de estilo chino y las otras afrancesadas), responde con la sagacidad y síntesis que solo la humildad puede tener. Hombre de principios (o de ideales), termina declarándose ser independiente, fiel creyente en el individuo, y sus ideales son los que sentencian el resultado del castigo.
Parodi, - no Bustos Domecq, ni él, ni otros- ha resuelto varios problemas, que no son necesariamente casos y sí problemas, como si se tratara de algo matemático, algo en algún punto más divertido y despojado, sin tanto compromiso como un caso a resolver, dónde la justicia parece ser uno de los fines más importantes.


Se trata de una serie de cuentos que al agruparse en un hilo temático nos sugiere cierta familiaridad con las novelas policiales de principios de siglo XX. A las dos tendencias clásicas que más resaltan- la inglesa con su mecanismo de relojería perfecta y la estadounidense con su ritmo vertiginoso y pasional- se contrapone un estilo bien original y vernáculo. Nos encontramos con el sentido del humor, el lenguaje como medio lúdico primordial capaz como burlarse a sí mismo, con las habilidades propias de las personas del lugar y con un personaje inédito: no hay pipas, no hay Scotland Yard, no se usa la estricnina ni se anda en un auto por una carretera con paisajes asombrosos. Sí hay un personaje, que como todo buen personaje se vuelve más que una creación y todas las intenciones que tras él se ocultan. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario