“A cada ser su colorida ropa viste la luz.”
Jacques Delille
Paisaje cotidiano de las calles de la ciudad de Buenos Aires: ropa
tirada, rota, sucia; ropa más o menos en buen estado, en una bolsa quizás, pero
abandonada, sin un destino preciso.
Esa ropa tirada espera para siempre, tal vez espera a que alguien
le ofrezca entierro digno, porque quizás ella considere pecado quedar a la
deriva sobre la vereda, siendo olvido de quien la usó. Esa ropa rota y sucia ha
muerto para alguien, alguien que no la reconoce.
El otro estado de la ropa, la que está dispuesta más o menos
prolijamente en una bolsa o caja, demuestra tener un futuro incierto, siendo
que quizás alguien que la necesite la adopte, como también pueda pasar que
termine tirada en la vereda, desgarrada por algún perro, orinada por algún ciruja.
En su estado de pasividad física y afectiva, esas ropas puede que abriguen
tanto a una desnudez infantil como a una montaña de basura próxima a la ciudad.
Muy cerca esos cestos de basura hay gente que se amontona en las
vidrieras en época de navidad y hace compras masivas (quejándose de los
caprichos de la ajena economía) para conseguir lo que las tendencias marcan. Es
que la moda parece apremiar hace ya un tiempo considerable, haciendo de la
frase atribuida a la modista de María Antonieta, “No hay nada nuevo, salvo lo
que se ha olvidado”, una frase clásica por excelencia.
Son los tan trillados “tiempo de ahora”, “tiempos que corren”. No
imagino a un supuesto Juan de los Burgos, hombre promedio del medioevo,
buscando algo para vestirse frente a su armario con espejos –no sé de los
armarios, pero los espejos eran inconseguibles para un no poderoso-,
descartando muchas de sus prendas por no estar a la moda, o porque no se
encuentran en estado de perfección estética. Lo veo, sí, ponerse un trapo
viejo, amarillento, que tendrá como veinte años, y que para Juan será la prenda
más digna de ser llevada a la plaza, donde se encontrará quizás con una
muchacha campesina, que pasea sorteando el barro, vendiendo manzanas en una
canasta.
No es cuestión de restarle importancia al acto de vestirse, al que
debería agregarse necesariamente un “para los demás”. Tampoco pretendo hacer
uso de frases como “lo llevamos en la piel” o “uno es lo que viste”, porque
respondería a una equivocada universalización de las frases populares y a un
abuso del poner y sacar ciertas “prendas literarias”. Pongo esto y se saco lo
otro para ver qué tal queda vestido este texto. Entonces, si bien descarto lo
anterior, hay algo a destacar: la urgencia moderna por la moda abandona y
degrada a los objetos como tales y, conjuntamente a esto, desprestigia al acto
de vestirse, que como acto estético e identificatorio para uno, debería
llevarse a cabo más allá de las pautas establecidas.
La prenda de vestir se ha convertido en un medio de pertenencia
muy fuerte en la actualidad. A medida que la producción y la demanda aumentan,
disminuye el valor que ella tiene como cuestión de uso –práctico y estético-,
para quedar atrapada completamente en la cualidad de identificación a un grupo
(socioeconómico, etario, cultural). Mediante cierta ropa uno pasa a mostrar una
característica determinada al otro. El rasgo estético queda emparentado
completamente con ese otro rasgo, porque ya no importa el gusto personal, ya
que la moda designa cómo se puede identificar a quien use determinada ropa; y
de esta manera lo estético pasa a deslucirse: qué importa si me gusta esa
prenda de vestir o no, si la moda ya indica qué es lo que debo usar. Un claro
ejemplo de esto se da en las modas que antes eran referidas a un sector social
supuestamente desprestigiado, y que ahora, habiéndole dado la moda el visto
bueno a la clase consumidora, pasa a ser parte de lo legitimado. Hace dos años
esos colores eran ridículos, esos pantalones también, y ahora están permitidos.
¿Qué se jugará en esos otros ámbitos, en los que se recuperan
prendas de vestir ya descartadas: centros de donación, lugares de reciclaje de
telas, ferias americanas? No creo que esos espacios estén exentos de ciertas
banalidades que los locales de ropa de las avenidas o de los centros
comerciales muestran, pero quizás ubiquen a los objetos en un lugar distinto,
en relación con personas que no necesariamente manejan el consumo como
alternativa principal.
Como
escuché decir a Mujica Láinez, los objetos son más fieles que las personas.
Ellos no traicionan, somos nosotros quienes, en todo caso, los traicionamos a
ellos, imponiéndoles nombres, cualidades y destinos que no son los que se
merecen. A pesar del protagonismo evidente de las prendas de vestir en nuestras
vidas, eso también muere como cosa, actualmente. Y lo hace, por supuesto, de
manera vertiginosa, banal, utilitaria y lamentablemente, sin tener cuenta las
necesidades del otro.
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